1 año con Chihiro

Desde el momento en que recogimos a Chihi y tomamos la decisión de cuidarla y acogerla en nuestro hogar, supimos que iba a estar con nosotres un tiempo corto. Sabíamos que se estaba preparando para trascender, que estaba lista, pero que necesitaba ayuda para ese proceso. Sabíamos que la estábamos acompañando a morir dignamente.

Después de la cirugía fue sorprendente su recuperación. Los diez días con los puntos no fueron sólo días de curación, sino también una oportunidad para sanar su corazón. Cada vez que debíamos limpiarle los puntos se iba hacia una esquina y se ponía a temblar del miedo. Mientras une limpiaba la cicatriz, le otre la acariciaba suavemente, y así cada día. En el camino aprendió a confiar en nosotres y a entregarse al cuidado. Después de dos meses de estar con nosotres le preguntaba cómo se sentía en casa y ella me decía, “ustedes son unes buenes cuidadores, este ha sido un buen hotel para mí, me siento a gusto aquí.” Me causaba gracia que nos dijera eso porque entendía que, para ella, ese no era su hogar, y nosotres no éramos sus humanes. Sabía que estaba ahí de paso. Pero respetaba ese sentir, no pretendía que nos considerara sus humanes después de la herida de abandono que le habían causado.

Desde el principio, Merlín, Maíz y Asha entendieron por qué Chihiro estaba en casa. Nunca la recibieron como una hermana o compañera, mucho menos como amiga, pero sí le abrieron espacio. Para ellos también fue un reto ceder ciertos espacios físicos y emocionales, porque a la final, toda nuestra atención estaba enfocada hacia el cuidado de Chihiro. Chihi siempre fue muy respetuosa con ellos, y tenía clarísimo que el territorio era de ellos, para mí, era suficiente que se respetaran mutuamente. En todo este proceso fue muy importante mantener espacios de comunicación con Chihi y con mis gatos, saber cómo se estaban sintiendo y cómo estaban percibiendo la situación.

Algo que aprendí a disfrutar muchísimo con Chihi fueron las salidas en la mañana. Ella toda una señora caminaba a paso lento, el camino permitía sacarla sin correa y era ella quien decidía el camino y la ruta a tomar. Aprendí a meditar mientras caminaba, y a hacer consciencia de mi respiración, mis emociones y mis pensamientos. Íbamos tan lento, que realmente era todo un ejercicio consciente de estar presentes. Ella se detenía a oler cada hoja, cada pasto, cada flor con suma delicadeza y yo la observaba y aprendía. Como una gran maestra me enseñó a observar con más detalle el camino, a percibir los olores y a escuchar a los pajaritos.

Chihi fue bien conocida y querida en el barrio, todo el mundo tenía que ver con ella. Siempre que salíamos a caminar nos encontrábamos con alguien que la conocía, “¿esa es Chihiro?” preguntaban con asombro al verla tan cambiada. Les contaba toda la historia y todo el mundo se conmovía de la dicha de saber que Chihi estaba tan bien y finalmente bajo el cuidado de alguien. Nos enteramos que realmente tenía más de 13 años y que durante muchos años varias personas habían intentado adoptarla, pero ella siempre se escapaba y no regresaba. Sólo hubo una familia vecina con la que más compartió, le daban posaba y comida si iba, pero la dejaban estar cuando ella quisiera. Muchas veces me preguntaba con cierta rabia, “¿por qué si la querían tanto, nadie nunca la había llevado a la veterinaria para revisarla y operarla?”, un día sabiamente Chihi me respondió, “cada quien me dio lo que podía darme, y yo me siento infinitamente agradecida por lo que he recibido.” En ella no había sensación de reproche o resentimiento, sólo gratitud. Su ser era tan amoroso y puro, que su sola presencia transmitía calma, compasión y amor.

Luego de un año, en el que aprendió a sentir lo que era el cuidado, aprendió a tener un hogar nuevamente, aprendió a recibir más de lo que había esperado, aprendió a ser vista y escuchada, estaba lista para partir. Su cuerpo estaba muy cansado y le dolía absolutamente todo. Ya no quería seguir aquí, ni su manjar más preciado, el tamal, le apetecía, su recorrido en esta vida había culminado. Tuvimos una última comunicación para despedirnos, para reconocer y soltar los apegos que inconscientemente habíamos generado, y la dejamos ir. Aunque su cuidado fue emocional y físicamente muy retador, no me arrepiento de haberlo hecho, de volver en el tiempo, la habría recogido y llevado a casa nuevamente. Hacia ella sólo siento inmensa gratitud y amor.

Aún hoy la siento cuando viene a visitar. Siempre se le siente agradecida por haberla acompañado en su último trayecto. Se le siente alegre y expansiva, juguetona y feliz. Hoy se que ya no somos sus cuidadores, sino amigues de corazón.

(Transcendió el 6 de febrero, 2022)

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